Huesca

Llanos del Hospital, entre el cielo y la nieve

Hablar de la comarca de la Ribagorza es una tarea titánica, ya que su patrimonio cultural, histórico, lingüístico, etnográfico y natural es vasto como pocos. Algo más de 13.000 habitantes dan vida a esta comarca histórica que un día fue condado independiente.

Cuna del reino de Aragón, tiene suficientes argumentos como para captar, de un modo u otro, la atención del visitante: el Parque Natural de Posets Maladeta con la mayor concentración de tresmiles del Pirineo (Perdiguero, Posets, Maladeta y Aneto, el techo de la cordillera con sus 3404 msnm), 13 de los últimos glaciares pirenaicos originados en el Cuaternario (reconocidos oficialmente como «Monumentos Naturales de los Glaciares Pirenaicos»), extraordinarias muestras religiosas, civiles y militares del románico lombardo, pruebas de su pasado antiquísimo a través de dólmenes y menhires, más de un centenar de ibones (voz aragonesa para designar a los lagos glaciares de alta montaña) y una de las últimas moradas de especies amenazadas como el urogallo o el tritón pirenaico. De entrada, poco más se le puede pedir a esta tierra.

En esta ocasión, como queríamos hacer algo diferente antes de que la primavera pidiera paso, nos dirigimos a Llanos del Hospital con la intención de probar por primera vez el senderismo con raquetas, pues hacía ya algún tiempo que queríamos saber qué se sentía al caminar por nieve virgen. Antes de emprender nuestro camino de vuelta hacia Zaragoza, caminamos sin rumbo fijo por las calles de Benasque, un pueblo de alta montaña de 2195 habitantes según el último padrón de 2013, dinámico, repleto de casas blasonadas y que ofrece toda clase de servicios turísticos para el viajero.

El propio camino hacia el Alto Ésera (afluente del Cinca) es una auténtica delicia, pues, una tras otra, se abren paso las denominadas sierras interiores pirenaicas, macizos montañosos que superan con suficiencia los 2000 metros de altitud y se yerguen como perfectos escoltas de los colosos del Pirineo axial. Las sierras de Cotiella, Chía, Ferrera, Baciero y el solitario y mágico macizo del Turbón —protagonista de la célebre cabañuela «boira en el Turbón, tormenta en toda Aragón»— se mostraban, a este y oeste, cubiertas por un importante manto blanco, en especial, el circo de Armeña del Cotiella.

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Benasque con el torreón de la Casa Juste (S. XVI)

Para poder ingresar en el Valle de Benasque, primero debimos superar el laberíntico Congosto de Ventamillo, una profunda herida en la roca de más de 10 km de longitud que hace más de 40 000 años abrió el glaciar del Ésera. Esta garganta es una auténtica maraña de revueltas y curvas ciegas que, sin duda, pusieron a prueba mi pericia como conductor. En este punto del camino, donde el sol apenas encontraba su sitio, nos impresionó el tamaño de los carámbanos de hielo que pendían de los túneles excavados en la roca viva.

La apertura de esta carretera nacional en 1916 revolucionó la vida en la comarca, ya que consiguió, por una parte, sacar del aislamiento a los pueblos del Alto Ésera y, por otra, conectar el somontano con la alta montaña. Esta obra civil adquiere su justa dimensión cuando se constata que el recorrido entre Benasque y Graus, que antaño suponía invertir una penosa jornada de viaje, ahora es posible completarlo en una hora escasa.

En Llanos del Hospital a una altura de 1750 msnm, el paisaje es sobrecogedor. Aquí la palabra «hospital», donde la nieve se desliza por las empinadas laderas como si fueran torrentes de nata, regresa a sus raíces etimológicas y adquiere verdadero significado: los caballeros de la Orden de Malta, denominados Hospitalarios, levantaron estos hospitales en el siglo XIII para alojar a esos comerciantes, viajeros o peregrinos del Camino de Santiago francés que buscaban reposo y yantar después de durísimas jornadas de marcha por estos pasos de alta montaña.

Por tanto, poco tienen que ver esos antiguos hospitales con los gigantescos y asépticos edificios de hormigón donde tratamos de curar nuestros males contemporáneos. Pudimos comprobar que los espesores de nieve a pie de carretera alcanzaban prácticamente los 2 metros y sepultaban las paletas que indican caminos senderistas que, pacientes, esperan el deshielo primaveral. Demasiado para gentes nacidas cerca del Mediterráneo como nosotros, que casi considera la nieve un meteoro de postal. No obstante, la naturaleza es tan bella como salvaje, pues pudimos contemplar los restos de dos aludes brutales bastante recientes que habían arrancado de cuajo pinos, abetos y rocas descomunales como si fueran vulgares monigotes de trapo.

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Llegada al Hospital de Benasque

Una vez provistos de las raquetas, comenzamos a caminar en dirección al Plan d’Están por la nieve pisada de las pistas de entrenamiento de Llanos del Hospital. Al principio, nuestros pasos eran torpes y desacompasados, pero, más tarde, comprendimos que nuestros pies eran bastante más anchos y debíamos caminar con las piernas ligeramente más abiertas.

No hubo grandes contratiempos, a excepción de que el cansancio hace mella mucho más pronto en comparación con una excursión senderista en condiciones no invernales. Completaríamos con las raquetas algo más de 3,5 km, un ejercicio adicional que se complementó con los 11 que habíamos recorrido previamente. Eso sí, la sensación de caminar abriendo huella en nieve virgen es incomparable, casi catártica, ya que te permite llegar a lugares que, en cualquier otra circunstancia, serían inaccesibles.

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Horizonte despejado

El día fue radiante, incluso caluroso, y el estado de la nieve era, por momentos, excepcional, combinando tramos de deliciosa nieve polvo con algunos intervalos de nieve dura en las zonas de umbría; la incómoda nieve blanda solo apareció en las huellas más pisoteadas del inicio del trayecto.

Antes de llegar al Plan d’Están tuvimos que dar la vuelta, ya que teníamos que devolver las raquetas alquiladas, no sin antes contemplar la maravillosa estampa que se abría ante nuestros ojos: en dirección oeste, la Tuca de Salbaguardia, el mítico Portillón de Benás, ruta de paso que une la vertiente francesa y española y la imponente Tuca de la Mina con su forma piramidal y más de 2700 msnm; hacia el norte y en dirección hacia el leridano Valle de Arán, la Tuca de Bargas y la Tuca Blanca de Pomero; por último, en dirección este, la Tuca de Paderna y la Tuqueta Blanca de Paderna, picos que logran ocultar visualmente desde el fondo del valle a los grandes titanes del Macizo de la Maladeta, esto es, el Aneto, el Maldito (3356 msnm), la Maladeta (3308 msnm) y el Tempestades (3290 msnm).

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Estampa invernal de postal

La visión del Aneto y de sus lugartenientes no fue posible, pero prometemos subir en primavera para contemplarlos en todo su esplendor. Las rutas y las posibilidades son inmensas. Valdrá la pena volver a buscar esos momentos de silencio absoluto, de soledad deseada, en fin, de estar en medio de la nada sin buscar ningún porqué.

Fuentes de consulta: Turismo Ribagorza y Llanos del Hospital.

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3 comentarios sobre “Llanos del Hospital, entre el cielo y la nieve

  1. Me has trasportado 15 años atrás.Sigue siendo un lugar encantador que te incita a volver.Estás hecho un gran escritor,Enhorabuena!

  2. Gracias a las dos. La temporada invernal de raquetas ya ha terminado, pero el año que viene seré uno de los fijos aquí o en cualquier otra estación de esquí de fondo.

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