Huesca

Añisclo, lugar de peregrinaje del senderista

Añisclo es un rincón extraordinario, una auténtica joya del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, monumental tajo que ha abierto el río Bellós con paciente escoplo y cincel a lo largo de millones de años. El caminante que transita por su interior no tiene más remedio que dejarse llevar por su belleza.

El fotógrafo y aventurero francés Lucien Briet dijo de este rincón pirenaico en 1910: «las cascadas se escalonan; las rocas poseen el color rojizo de la fruta madura; se puede respirar el sano aroma de un bosque de coníferas. ¡Otros tendrán el honor de contar la belleza de los precipicios que se tornan de bronce al atardecer, o las nieves perpetuas azuladas por la luna!

Sigue Briet: Por mi parte, prefiero la suave sinfonía de las hojas cuando se agitan al silbido del viento en las crestas; me siento invadido por un extraño sentimiento divino que me emociona cuando acampo en pleno claro, sentado sobre un viejo tronco ante los chisporroteos de las brasas, en medio de paredes fantásticas y bajo un cielo tan brillante». Habíamos leído infinidad de reseñas senderistas y habíamos contemplado centenares de fotos de este lugar pero, no, nunca nada es igual a lo que se experimenta en primera persona.

Quizá Briet se refería a rincones así
Quizá Briet se refería a rincones como estos

El Cañón de Añisclo, enmarcado en el Parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, es un formidable valle de cabecera glaciar, pero de modelado plenamente kárstico propiciado por la acción erosiva del cristalino río Bellós. A la altura de la localidad de Escalona, pusimos el intermitente hacia la izquierda para enfilar el cañón del río Bellós. El tramo inicial de la carretera HU-631 nos conduce por un terreno descubierto, con un Bellós de discurrir manso y apacible, y donde todavía logran asentarse algunas poblaciones como Puyarruego o Belsierre. Al poco de superarlas, comprendimos que los paisajes, más o menos humanizados, iban a dar paso a un espectáculo natural de proporciones gigantescas.

Las paredes del congosto empiezan a estrecharse
Las paredes del congosto empiezan a estrecharse

Cuando las paredes verticales del desfiladero del Bellós empiezan a constreñir los rayos de un sol cada vez más impotente, caes en la cuenta de que estás entrando en un universo de cuento, indómito, el mismo que los habitantes de aquel lugar denominaron el Congosto d’as Cambras (el Desfiladero o Estrecho de las Salas). Esas salas u oquedades en la roca son las que dieron y dan cobijo a tantos y tantos seres mágicos que han alimentado, desde la noche de los tiempos, el evocador mundo de lo imaginario en los territorios pirenaicos.

Zona de rápidos del Bellós; humedad total en esta zona
Zona de rápidos del Bellós; humedad total en esta zona

Rebasada la Fuente de los Baños, cuyas aguas se recomiendan para aliviar todo tipo de dolencias renales, la carretera se estrecha sobremanera, la humedad inunda el ambiente y la temperatura cae en picado. Estamos ante un fenómeno de inversión térmica de manual, donde las especies vegetales más acostumbradas a la humedad y al frío encuentran un perfecto acomodo en el fondo del valle, mientras que las especies de climas más templados proliferan en lo más alto del desfiladero, allí donde el sol no es un convidado de piedra. ¿Especies vegetales típicas de pisos subalpinos en alturas donde habitualmente se desarrollan las encinas y encinas en pleno desarrollo donde tradicionalmente se hallan especies de pisos subalpinos? Sí, en el Cañón de Añisclo es posible.

Corona de rey al borde del precipicio
Corona de rey al borde del precipicio

Dentro de esas especies que prosperan en altitudes más bajas, pudimos contemplar la atrapamoscas (Pinguicula longifolia), una planta carnívora endémica del Pirineo Central. También se la denomina grasilla por la textura pegajosa de sus hojas, las cuales, por cierto, ya desprovistas de toda flor y mostrando un aspecto algo decaído, se preparaban para afrontar las estaciones más frías. A los pocos minutos llegamos al aparcamiento de San Úrbez, último lugar habilitado para el estacionamiento de vehículos. Convendría no olvidar nunca que si hemos llegado hasta aquí es porque unos desdichados prisioneros de la Guerra Civil consiguieron ganarle una pequeña porción de terreno a la roca madre para abrir una heroica vía de comunicación.

Una vez allí, bien pertrechados, iniciamos una corta pero intensa excursión que, sin duda, fue una inmejorable invitación para volver a disfrutar de esos parajes. Desgraciadamente, solamente pudimos alcanzar la zona indicada en los paneles como Cumaz, una hora y poco después de haber iniciado la marcha; la pertinaz lluvia en un estrecho desfiladero como el de Añisclo es motivo más que suficiente para detener la caminata y volver sobre nuestros pasos. De hecho, en pleno congosto del Bellós, hay una placa que recuerda el monstruoso nivel que alcanzaron las aguas en una riada de 1977. Mejor no tentar a la suerte, ni a la ferocidad de un río agreste de montaña.

Muestras de bosque atlántico
Muestras de bosque atlántico

Antes pudimos experimentar el vértigo al observar el verde Bellós desde una altura de 55 metros, encaramados en la pasarela del precioso puente románico de San Úrbez. Al llegar a la ermita rupestre homónima, y tras observar cómo las aguas del Aso se fundían con las del Bellós, tomamos el sendero del GR-15 que recorre el Cañón de Añisclo propiamente dicho. Si la cámara de fotos es un bien valioso durante todo el recorrido, a partir de aquí lo es todavía más si cabe. Las badinas de color verde turquesa y las cascadas fragorosas jalonan todo el camino, y el sonido embriagador del agua es una terapia natural de relajación. Todavía me pregunto cómo hemos olvidado que nuestros orígenes son estos y no otros.

Panorama vertiginoso desde el puente de San Úrbez
Panorama vertiginoso desde el puente de San Úrbez
Inicio del sendero que atraviesa el Cañón de Añisclo
Inicio del sendero que atraviesa el Cañón de Añisclo

El sendero atraviesa un puente de increíble fotogenia y luego se adentra en una senda tapizada de hojarasca, musgos y setas, cubierta de penumbra y humedad. Un incipiente otoño aparecía en las copas de algunas hayas que hacían malabarismos inverosímiles para mantener la verticalidad en un entorno tan hostil. En fin, un sendero repleto de sensaciones, espectacular para el senderista, delicioso para el fotógrafo. A pocos metros de alcanzar Cumaz, decidimos dar media vuelta y regresar al aparcamiento; la niebla inició un imparable descenso desde las cumbres de los Sestrales, la lluvia comenzó a arreciar y el sendero empezaba a estar poco practicable.

Color casi irreal de las aguas
Color casi irreal de las aguas
Panorámica de ensueño de un rincón del Bellós
Panorámica de ensueño de un rincón del Bellós
Los Sestrales lucían así
Los Sestrales, a última hora, lucían así de desafiantes

Aun así, la seguridad que nos daba tener el coche tan cerca, nos animó a completar el circuito de San Úrbez, un recorrido para todos los públicos, que permite descubrir el aprovechamiento de las aguas de estos ríos en tiempos remotos. La Selva Plana, la Ripareta y la Fuenblanca tendrán que esperar. Sin embargo, estamos convencidos de que, sea cual sea el tiempo de espera, esta maravilla natural siempre nos recibirá con los brazos abiertos. Este museo natural al aire libre, Patrimonio de la Humanidad, merece una y mil visitas.

Espectáculo mayúsculo en el camino de bajada
Espectáculo mayúsculo en el camino de bajada
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