Zaragoza

Valdemadera, pico de frontera

Queríamos luz, aire limpio y alejarnos, aunque fuera durante unas horas, de la niebla persistente que nos ha mantenido a los del valle del Ebro bajo un velo frío y húmedo a lo largo de varias semanas. Algairén podía ofrecernos lo que estábamos buscando. Y qué mejor que irnos a una vertiente todavía desconocida para nosotros y a un pueblo encantador como Tobed.

¡Sol, por favor!
¡Sol, por favor!

Se trata de una localidad del Sistema Ibérico zaragozano, situada a 656 msnm, que prospera bajo el influjo de un clima benigno de montaña. Los 230 habitantes que censa actualmente nada tienen que ver con los 1123 que llegó a censar allá por el 1877, cuando Toved todavía aparecía con «v» en los censos de población.

El propio Madoz en 1857 califica su término como un «terreno montuoso y fértil», con frutales regados por las aguas del río Grío o Tobed en la llanura, sumados a los almendros y olivos que se abancalan en las laderas de Algairén y de Vicor. La agricultura y la ganadería siguen teniendo su importancia en la economía del pueblo, no así el sector de la artesanía alfarera que desapareció bien entrado el siglo XX y que contó con un barrio dedicado exclusivamente al oficio del modelado del barro, el de los Obradores.

Entre el torreón y los Abuelos
Entre el torreón y los Abuelos

Nuestro objetivo era hacer una ruta circular que nos llevara hasta el Pico Valdemadera («el Pelao» para los tobedanos), máxima altitud de Algairén con sus 1273 msnm, y que nos condujera de nuevo al pueblo por un terreno donde la huella de los oficios de siglos pasados todavía no ha sido borrada por el tiempo. Numerosas parideras y campos de cultivo abandonados lejos de los dominios visuales del pueblo indican cómo sus gentes tenían que encaramarse a la montaña para poder ganarse el sustento.

Tobed también tiene su versión particular de las Señoritas de Arás del Sobremonte
Tobed también tiene su versión particular de las Señoritas de Arás del Sobremonte

Cruzamos el cauce seco del Grío hacia el Barrio de los Obradores, donde aún pueden observarse las construcciones donde se desarrolló este oficio hasta hace relativamente poco. Le honra al Ayuntamiento de Tobed el noble esfuerzo que está llevando a cabo para recuperar este barrio que fue una auténtica referencia para la ollería de estilo mudéjar, que tanto trabajo dio al pueblo y que congregó a tantos artesanos de otras tierras del país.

Limpia mirada hacia Tobed y sus campos de cultivo
Limpia mirada hacia Tobed y sus campos de cultivo

En su periodo de mayor actividad, a finales del siglo XIX, llegó a tener 40 alfares a pleno rendimiento, una cifra que permite imaginar la actividad bulliciosa de este barrio de artesanos. José María Quero fue el último artesano en hacer girar el torno, la persona que cerró un capítulo fundamental de la historia de Tobed.

No tardamos nada en llegar a la ermita de San Valentín y al torreón medieval, conocido como el Palomar por el último uso que se le conoce, situados en un excelente balcón que mira hacia el pueblo y hacia el naciente valle del río Grío. A partir de aquí, la pista desaparece y se transita por un sendero perfectamente señalizado con estacas blanquirrojas, que remonta sucesivos repechos por el lomo de la montaña.

Comienza a ganar profundidad el valle del Grío
Comienza a ganar profundidad el valle del Grío

Justo enfrente se divisa perfectamente la caseta de vigilancia forestal del Alto de la Nevera o la Falaguera, donde ya estuvimos a principios de este año que se acaba. Más abajo, en el fondo del barranco de Valvillano, se divisan algunas parideras ruinosas, rescoldos de una llama prácticamente apagada en estas montañas. La deforestación en esta vertiente de Algairén contrasta con los espesos quejigares de las laderas que miran al Campo de Cariñena. Solo algunas manchas de pinar joven de repoblación tratan de medrar en una orientación áspera, pizarrosa y muy soleada.

Hileras de pinos, Santa Cruz de Grío, Moncayo
Panorámica desde el collado del Collarte
El verde del pino contrasta con la aridez de esta vertiente de Algairén
El verde del pino contrasta con la aridez de esta vertiente de Algairén; mole del Moncayo al fondo

Destacables también son los numerosos enebros de gran porte circular que jalonan el camino de subida hacia el paraje de la Fuente del Collarte. Desde allí, se remonta un bosquete consolidado de pinos piñoneros (Pinus pinea) y se afrontan las últimas rampas hasta la cima de Valdemadera, tomada por las antenas y los repetidores. En este corto tramo encontramos la cena de esa noche, pues recolectamos más de una docena de níscalos en perfecto estado. ¡Quién nos iba a decir que íbamos a degustar un revuelto de rebollones a finales de año!

Buenas rampas en el pinar
Buenas rampas en el pinar
¡Níscalos casi para la cena de Nochevieja!
¡Níscalos casi para la cena de Nochevieja!

Este otoño raro, cálido y, por momentos, excesivamente cálido tiene la culpa. Como sigamos así, acabaremos comiendo setas de otoño en invierno y frutas de verano en primavera. Un más que preocupante mundo al revés. Un último esfuerzo y ya estamos en Valdemadera, rodeados de antenas y cachivaches, pero también de unos horizontes que nos ofrecen la mejor de las recompensas.

Las antenas marcan la cima
Las antenas marcan la cima

A un lado, la planicie monocultivo del Campo de Cariñena, con Aguarón, Cosuenda, Longares y la propia Cariñena evitando la voracidad de la niebla. Mirando hacia el oeste, la boira cubría por completo las comarcas de Valdejalón y Campo de Borja. En lontananza, también se intuían bajo el espeso manto las comunidades de La Rioja y Navarra. La población de Muel marcaba el límite de la niebla que engullía todo el valle del Ebro hasta quién sabe qué rincón de Huesca. En esta porción de terreno dominada por el manto blanco, solo sobresalían las Planas de María, la Sierra de Alcubierre y, en la lejanía, Guara y los Pirineos.

Vista despejada hacia Aguarón y Cariñena
Vista despejada hacia Aguarón y Cariñena
Toca abrigarse, comer y disfrutar de las vistas
Toca abrigarse, comer y disfrutar de las vistas

Girando la vista, el Moncayo sobresalía majestuoso como siempre, eso sí, sin el menor atisbo de nieve (¡quién te ha visto y quién te ve, Monte Cano!) Desde un punto de vista más cercano, se apreciaba una perspectiva mucho más quebrada y montañosa con el valle del Grío y toda la Sierra de Vicor acogiendo poblaciones como Santa Cruz de Grío, su pedanía deshabitada de La Aldehuela de Santa Cruz e Inogés, ya cerca de la A-2. Recortadas entre la bruma, aparecían las Sierras Modorra y del Espigar con el pueblo de Codos conformando una bella estampa.

La niebla se abraza a la montaña
La niebla se abraza a la montaña
Sol aquí, frío y humedad allá
Sol aquí, frío y humedad allá

Bien contentados por las vistas iniciamos el descenso hasta Tobed por un sendero local felizmente recuperado. Este tramo discurre por antiguos campos abandonados a lo largo del siglo XX con muretes de rojiza pizarra todavía delimitando unos terrenos yermos y colonizados por plantas aromáticas y jaras. Impresionan, pese a la ruina evidente, las parideras de Valdegarcía. Su construcción humilde pero efectiva es el mejor reflejo de la idiosincrasia pastoril.

Bajamos al pueblo; los pinos se adueñan del camino
Bajamos al pueblo; los pinos se adueñan del camino

Sin pérdida se llega de nuevo al cauce pedregoso del río Grío donde el agua brilla por su ausencia. Los bolos y cantos rodados de su lecho indican, sin embargo, su gran capacidad de arrastre y erosión en las grandes avenidas. Los que nacimos en el Levante conocemos bien este tipo de paisajes fluviales y sentimos un pequeño escalofrío cuando los recorremos, pues cualquier modesto cauce puede convertirse en una auténtica apisonadora. Ríos y barrancos dormidos como este hay muchos por nuestra tierra.

Piedras que aún aguantan en las parideras de Valdegarcía
Piedras que aún aguantan en las parideras de Valdegarcía

Por cierto, antes de marchar a casa, nos perdimos por las callejuelas de Tobed, cuyo perfume de herencia musulmana embriaga. Maravilla por su solidez y virguería decorativa la iglesia mudéjar de la Virgen de Tobed, construida en 1356. El típico ladrillo de destellos rojizos le añade encanto a una iglesia que también fue fortaleza. La Orden del Santo Sepulcro está detrás de esta obra única. Su lonja, su arquitectura popular, sus humildes casas de adobe, la iglesia parroquial de San Pedro, su quietud, su olor a leña y un tibio atardecer pusieron el broche de oro a una jornada estupenda por un valle tan sereno y afable como desconocido.

Detalle de la puerta este de la iglesia de la Virgen de Tobed
Detalle de la puerta este de la iglesia de la Virgen de Tobed
Filigrana mudéjar
Filigrana mudéjar en la portada del templo

Ruta completada:

Tobed-Valdemadera (ruta circular)

Fuente consultada:

Página oficial de Tobed

 

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