Huesca

Bergosa, el vigía dormido de la Garcipollera

No debió ser fácil la vida en Bergosa. Uno se da cuenta enseguida al remontar los escasos 2 kilómetros que le separan del Puente de Torrijos, del camino que abrió las fronteras de Aragón a través del Summus portus romano, de la vía por donde arribó la modernidad.

Fue el primer pueblo que desde su atalaya vigiló la entrada al valle de la Garcipollera, hoy convertido en un desierto poblacional, a excepción de la honrosa recuperación de Villanovilla. El resto de aldeas de este valle lateral del Aragón no son más que piedras, pinos y recuerdos.

Primeros pasos entre quejigos
Primeros pasos entre quejigos

La cabecera de un barranco corto pero de gran inclinación cruza amenazante los últimos metros antes de llegar a Bergosa. Los primeros campos yermos nos dan la bienvenida. Las ruinas de las casas se asoman como pueden entre las ramas desnudas de los árboles que tratan de ocultarlas.

Estamos cerca de Bergosa
Estamos cerca de Bergosa

Llegamos a una bucólica era con un fraxinal (pajar) rehabilitado. Desde allí los horizontes que se dominan son muy amplios: Jaca y Oroel al sur, Castiello de Jaca al norte, la legendaria Collarada dominando toda la Jacetania, el Aspe, la Peña Retona…

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Paisaje abrumador al llegar al pueblo

Estas son las panorámicas de primer orden que disfrutaron los habitantes de Bergosa hasta mediados de la década de los 60 del siglo pasado. Pero nadie puede vivir de las vistas que contempla.

Castiello de Jaca aguarda en el valle
Castiello de Jaca aguarda en el valle

Aquí se vivía aprovechando al máximo lo que esta tierra montuosa les daba, lo que conseguían al arañar palmo a palmo estos terrenos escabrosos, pobres, adaptándose, sin más pretensión, a una existencia basada en la supervivencia.

Jaca y Oroel quedan al sur
Jaca y Oroel quedan al sur

No puedo ser indiferente a la vida dura, exigente e inflexible que llevaron los moradores de Bergosa hasta hace poco más de cincuenta años. Entiendo a esa familia que retozaba contenta y despreocupada en la era del fraginal, que se lamentaba de estar sometida al asfixiante yugo de la vida moderna y que decía encontrar la paz en estos lugares de silencio, pero no quiero caer en la tentación urbanita de edulcorar y mitificar algo que nunca fue un edén.

El pajar en torno al cual los descendientes de Bergosa siguen celebrando la fiesta de San Saturnino
El pajar en torno al cual los descendientes de Bergosa siguen celebrando la fiesta de San Saturnino

Paseamos por las calles que aún conservan sus trazados medianamente transitables. Con la intención de hilvanar la memoria del pueblo, cada casa lleva su nombre estampado en la puerta de acceso con el objetivo de que nadie olvide presentar sus respetos al pasar por delante de las casas Iguácel, Palacín, Valentín, Isidoro o Estúa. Es una sencilla acción que dignifica la ruina, que pone nombre a tanto muro tumbado clandestinamente por el tiempo.

Los escombros se adueñan del centro del pueblo
Los cipreses del cementerio hacen compañía a los esqueletos de las casas

La iglesia de San Saturnino, románica del siglo XII, ha corrido la misma suerte que el pueblo que la vio nacer. Una inmensa grieta recorre el muro oeste amenazando definitivamente la integridad del templo, que todavía conserva todos sus flancos, la torre y el cilindro absidal.

Detalles del interior del templo
Detalle del interior del templo
Ni la luz cálida consigue diluir el halo de tristeza que desprende
Ni siquiera la luz cálida consigue diluir el halo de tristeza que desprende

Pese a que en Bergosa se atisban tímidos intentos de recuperación y el cariño de sus descendientes se percibe en cada rincón, en cada piedra apartada del camino, en cada era aplanada, en cada cartel explicando en qué consistían los trabajos de vecinal o la importancia de la fuente comunal, la sensación general es de impotencia. Hay demasiadas piedras en el suelo y escasos medios para levantarlas.

Marcos improvisados
Marcos improvisados

Antes de marcharnos, visitamos la felizmente recuperada fuente del pueblo junto con su lavadero anejo. Las palabras de María Victoria Trigo Bello, descendiente de casa Estúa de Bergosa, narran con emoción el significado de recuperar un elemento medular de la historia de cualquier pueblo:

«La fuente de un pueblo es un hito singular en la arquitectura emocional. La fuente de un pueblo es mucho más que un surtidor físico de agua. La fuente de un pueblo es la aguja que borda el lienzo del ir y venir, el paso de la gente, la suma de los días que se suceden ininterrumpidamente, como si todos fueran uno solo, un tiempo sin más fisuras que el ciclo que se inicia cada amanecer. Por eso para un pueblo perder su fuente es ver amputado el dedo transparente, el notario que tantas historias conoció. […]

Porque un año más estamos aquí, con el Pirineo mirándonos, con aquellas montañas lejanas que nos hablan de todos los poemas rosas —y también de los rotos—, de todas las primaveras y otoños que llevamos en el alma. Y todo eso, aquí en Bergosa, hay un dedo transparente que lo escribe sin descanso en el fluir del agua».

Agua que sigue manando por donde siempre manó
Agua que sigue manando por donde siempre manó
La blanca Collarada entre rojos, verdes y ocres en el camino que baja a Castiello
La blanca Collarada entre rojos, verdes y ocres desde el lavadero

Llenamos las botellas para llevarnos algo de la esencia de Bergosa en nuestro camino de vuelta. Fiona, nuestra perra de acogida, disfruta de lo lindo mojando sus patas en las aguas gélidas del lavadero. No ha podido tener mejor estreno montañero.

Nuestra querida compañera de aventuras
Nuestra querida compañera de aventuras

El regreso lo iniciamos por un sendero que faldea a media ladera por la vertiente sur del Monte de San Salvador. Pinos y más pinos no dispuestos azarosamente por la naturaleza. Una repoblación de coníferas con fustes poco desarrollados que apenas consiguen ocultar los bancales que se desparraman por la montaña.

Abandonamos Bergosa entre pinos
Abandonamos Bergosa entre pinos

Casi sin darnos cuenta llegamos a un cruce de caminos, cabecera del barranco de la Selva, que tomamos en decidida dirección oeste remontando el mismo cordal de la montaña que nos conducirá, primero, al despoblado medieval de Claraco y que, luego, desembocará en el flamante camino de Santiago aragonés.

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Nos asomamos a la Selva de Jaca

Tan solo nos queda remontar el curso del río Aragón hasta llegar de nuevo al Puente de Torrijos, ese enclave estratégico que acogió un castillo que custodiaba la entrada al valle bajomedieval de Aruej, la aldea de Hijós, hoy desaparecida, que debía situarse cercana a la confluencia del barranco de la Selva con el río Aragón y los baños de aguas medicinales de Torrijos.

Bergosa y Castiello, dos realidades bien distintas
Bergosa y Castiello, dos realidades bien distintas
El Aragón sigue fluyendo
El Aragón no deja de fluir

La vida sigue su curso en el fondo de los valles, los vehículos siguen pasando raudos, sin inmutarse, por sus amplias carreteras, mientras que las ruinas de pueblos como Bergosa continúan siendo testigos en las alturas de un progreso que nunca fue para ellos, que siempre les fue esquivo.

Ruta completada:

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Enlaces de interés:

Bergosa, el silencio de las piedras (publicado en el Periódico el 27 de agosto de 2015)

Blog sobre Bergosa con información muy sinóptica sobre la vida en el pueblo

Torrijos, del blog “Mis cosas de Jaca”

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