Huesca

IV Andada de Sobrepuerto, de Cotefablo a Fiscal

Un año más volvemos a recorrer Sobrepuerto entre amigos, compartiendo caminos, horizontes y vivencias. Unas cuantas decenas de amantes de la montaña decidimos patearlo de norte a sur para valorar sus innumerables atractivos.

Primeras luces con un erizón encendido

El primer día arrancó pronto en el célebre túnel de Cotefablo, desde donde veíamos nuestra primera parada, la cima del Pelopín. La mañana se despertó brumosa, fresca y apacible, lo que hizo que nuestros pasos fueran ligeros y ágiles hasta alcanzar los 2007 metros de esta atalaya.

Lúces cálidas de verano de camino al Pelopín

Almorzar desde allí fue la mejor manera de apreciar el territorio que se abría ante nosotros y que queríamos transitar durante toda esa jornada. Hay pocos lugares de media montaña tan apropiados para divisar grandes horizontes como el Pelopín.

Remontando el lomo del Pelopín
Las laderas vestidas de verde de la Erata

Recogidos los bártulos, emprendimos camino por el cordal repleto de subeibajas que desemboca finalmente en la Manchoya. La siguiente parada para tomar fotos fue el pilón monumental de la Monchoa, un referente de la historia pastoril de la zona.

Foto de familia en el pilón de la Monchoa
Otal y sus bancales vistos desde el este

Ganados de apacibles vacas y traviesas cabras se cruzaron en nuestro camino, con unas vistas diferentes hacia Otal y Anielle, oculto este último por el Cerro del Castillón.

Entre lomas amables de hierba
Otal deslumbra ante al avance de la sombra

Justo enfrente, la mágica ermita de San Benito de Erata divisaba impasible nuestro caminar hacia el punto más elevado del Sobrepuerto. Ya en el Tozal de la Virgen, aparecían en el plano más cercano Escartín y sus mosales de piedra, construcciones agropecuarias casi intactas para ordeñar a las ovejas.

Dominamos los horizontes de Sobrepuerto
Escartín, Cortillas, Cillas, Sasa y abancalamientos de Basarán al detalle

Desde las alturas escuchamos con total nitidez el bandeo de campanas de la Iglesia de San Julián por la fiesta anual que celebran los descendientes y antiguos habitantes de Escartín el primer fin de semana de julio.

La verticalidad del flanco norte de la Manchoya
Orella d’onso (Ramonda myconi) en los roquedos norte de Manchoya

Seguro que no faltaría en la fiesta del recuerdo el buen queso del que siempre hizo gala este lugar de Sobrepuerto. Ya solo quedaban remontar los últimos metros hasta el vértice geodésico de la Manchoya, que nos alzaba hasta los 2033 metros, punto culminante de la ruta.

Hacia el norte, grandiosa huella que dejaron los habitantes de Yosa de Broto

Parada breve para contemplar con total claridad los lugares de Cortillas con su torre faro de la iglesia de los Santos Reyes, el prácticamente difuminado Cillas, el cada vez más mimetizado con el entorno Basarán y el modesto en extensión Sasa. Adivinable también la Pardina Fenés a través de un inequívoco claro de bosque a espaldas de Sasa.

Bajando como cabras monteses hacia la Pardina de la Isuala

Hasta este momento el tiempo nos había respetado, pero, a la entrada de nubes por el oeste, se le había unido también por el norte, así que nuestro destino estaba escrito: la lluvia iba a hacer acto de presencia, pero no iba a aguarnos la fiesta, ni mucho menos.

Por pistas petroleras en los dominios del Echinospartum horridum

Desde la cima de la Manchoya empezaba un vertiginoso descenso, primero, hasta la Pardina de la Isuala, donde aprovecharíamos para comer y, más tarde, hasta el Barranco Forcos.

Claroscuros en la Ribera de Fiscal

Pero, entretanto, dos lugares mágicos nos aguardaban: el propio despoblado medieval de la Isuala y la Iglesieta de los Moros. En la Isuala nos sorprendió la lluvia e interrumpió el I Campeonato Mundial de Alquerque (sí, mundial, porque precedentes modernos, que se sepa, no existen) que pretendíamos celebrar en el lugar donde se halló esta piedra-juego, probablemente datada entre los siglos XIV y XV.

Juegos de luces y sombras en Ayerbe y Asín de Broto

Allí, en la Isuala, haciendo honor a su etimología de «lugar aislado», gozamos en soledad de los restos de un poblado que dejó de existir como tal en 1695. La fuente más cercana dista un kilómetro, y su caudal está tan mermado, que apenas se la puede tener en cuenta.

Nadie habita aquí desde hace más de 300 años
Muros con ventanas aspilleradas que sirven para separar predios
Detalle del basamento de la jamba de la iglesia del XVI de la Isuala
Jugando en pleno siglo XXI en una piedra del XIV

Su terreno quebrado y permeable, ubicado en un espolón calcáreo del solano de Bergua, hace que el acceso a un bien indispensable como el agua siempre fuera un problema persistente en esta pequeña población. Pese a que estamos relajados con nuestras prendas gore-tex y botas impermeables, aquí la vida no debió ser más que supervivencia.

El paisaje tan duro como evocador de la Isuala
El Campeonato Mundial se traslada a Bergua por lluvia

De bajada, por el trazado tradicional más directo, recuperado por el infatigable Enrique Vidania, gozamos de una panorámica inmejorable de Bergua y su bosque de umbría. La Iglesieta de los Moros nos esperaba.

De bajada hacia la Iglesieta

Y, una vez allí, ¿cómo iba a dejar pasar la oportunidad de entrar en su cueva eremitorio? La fricción humana con la piedra ha sido constante a lo largo de los siglos, de ello da fe su grado de pulimento.

La siempre enigmática Iglesieta

Acceder a su interior es entrar en otra dimensión. Solo nuestros frontales iluminan una sala donde solo nos rodea silencio, polvo y estalactitas. Enmudecer y dejar que la oscuridad nos envuelva  debe ser lo más parecido a volver al vientre materno. Sensación de paz absoluta, pese a mi reticencia inicial a formar parte de las entrañas de la tierra.

Estalactitas recubren el cielo de la cámara interior

La surgencia del Barranco Sanzalbe, el mismo que le negó el agua a los de la Isuala y se la dio a los de la Iglesieta, alimenta este sistema de toba calcárea. Aquí nunca hubo problemas de acceso al agua. Sí obvias restricciones de espacio, pero nunca faltó, ni falta el líquido elemento.

El solano de Bergua dominado por un verde quejigar

La advocación de esta cueva eremitorio es desconocida, pero se sospecha que pudo estar dedicada a San Úrbez, el patrón de las montañas. Su origen se supone al amparo del vecino monasterio de San Pedro de Rava en el siglo X, cercano a la desembocadura del Forcos con el padre Ara.

Bergua, tan lejos y tan cerca

Una vez abajo, unos pocos cuerdos optaron por subir a Bergua por el camino tradicional de las pasarelas.

¿Valió la pena desviarse o no?
Penetrante luz estival que genera tonalidades imposibles

Otros muchos locos decidimos seguir el camino abierto por el Forcos para fundirnos con unos parajes salvajemente bellos, a través de un territorio inhóspito que supuso el colofón a una ruta físicamente exigente pero de gratitud y recompensa infinitas.

Belleza sin artificios
Desembocadura en cascada del Barranco Sanzalbe en el Forcos

La tarde-noche en Bergua sirvió para dar por finalizado el campeonato de alquerque, cenar opíparamente como ya viene siendo costumbre y amenizar la noche con unos buenos bailes y cantos embutidos en nuestros abrigos invernales bajo la fría noche de Sobrepuerto.

Ventana con derrame interior en San Bartolomé de Bergua
Bellezas púrpuras que asaltan el camino

A las primeras luces de la amanecida ya estábamos tomando el camino hacia Fiscal por caminos recuperados, una vez más, por el incombustible Vidania. De la joya prerrománica de San Bartolomé a la recóndita San Jaime por el camino d’as Frezualas y de San Jaime hasta la Pardina de Asué por el camino del Quiñón.

Todo es verde en el refugio de los Fenales (“fenal” es prado en aragonés)

El trabajo descomunal de Enrique ha permitido que los amigos de Sobrepuerto podamos disfrutar de la belleza incuestionable del Paco de Bergua, trufado de caminos inexplorados desde hace décadas, que el abandono de las prácticas agropecuarias tradicionales ha transformado en lugares que parecen pertenecer al mundo de la imaginación y de los sueños.

Compañeros de caminata en San Jaime

En la Pardina de Asué, balcón natural del alto valle del Ara, almuerzo rápido y pies en polvorosa hacia Berroy a través de un precioso sendero.

A solazarse con las vistas desde Asué
La Ribera de Fiscal es sencillamente maravillosa

La estampa de Berroy entristece, más aún sabiendo que Lardiés, habitado, está unos pocos kilómetros más abajo. Pero Berroy está en el linde de lo irrecuperable y, en este punto, el abandono no perdona.

Aquí, alguna vez, hubo casas, vidas y trabajo en Berroy

Su iglesia, advocada a San Ramón Nonato, es quizá lo único destacable de su conjunto urbano. Su plazuelita enfrente de la iglesia, con vistas hacia la imponente y verde Canciás, dulcifica la sensación implacable de desamparo.

Templo de Berroy del XVI: el tiempo no pasa en balde
Esmerado trabajo de molduración en la basa

Fiscal ya está a tiro de piedra. La IV Andada está a punto de echar el cierre, pero aún nos queda la comilona en la antigua herrería de Fiscal, donde nos damos por bien servidos. En las despedidas sabemos bien a quién veremos más pronto que tarde y a los que quizá veremos en el mismo lugar el año venidero.

Peña Canciás desde la plazuela de la iglesia de Berroy

Sea como sea, Sobrepuerto nos ha unido una vez más. El éxito de estas jornadas de convivencia montañera es su gente, que la hacen grandes. Sobrepuerto pone a nuestra disposición un escenario inmenso, diverso y multicolor, pero los actores dan suficientemente la talla. Por muchos, muchos años más.

Ruta completada:

Primera jornada: Túnel de Cotefablo – Pelopín – Manchoya – A Isuala – Iglesieta d’os Moros – Barranco Forcos – Bergua

Segunda jornada: Bergua – Ermita de San Bartolomé – Ermita de San Jaime – Pardina Asué – Berroy – Lardiés – Fiscal

Datos completos:
28,96 km totales
1338 m de desnivel positivo
2005 m de desnivel negativo

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