Teruel

De Corbatón a Alpeñés, por las tierras altas del Pancrudo

Corbatón era un intangible en nuestro mundo, pero por suerte ha dejado de serlo. A partir de ahora, le ponemos cuerpo y horizonte. El Jiloca marca profundamente los pasos del caminante más sensible.

Hoz de Corbatón

Esta ruta, que es una suerte de recorrido en ocho, la completamos en parte con las buenas gentes que acudieron al último de los Paseos Xiloca que organiza el Centro de Estudios del Jiloca de la inquieta Calamocha.

Mismas angosturas desde arriba
Corbatón desde el camino a Torrelosnegros

Corbatón pertenece al menguado municipio de Cosa, al que se anexionó en los 70 y, según lo comentado, solo dos personas duermen todas las noches allí bajo su cielo estrellado. La mayor parte de su caserío luce remozado, incluida la pequeña lonja de la casa consistorial.

Corbatón y sus tonos rojizos

No sucede así con un solar que marca un vacío evidente en el centro del pueblo. Es el hueco dejado por la desaparecida iglesia de San Macario. Todavía es posible adivinar su figura en fotografías tomadas hace solo una década, pero la falta de posibles unido a un estado de ruina avanzada supongo que aconsejaron su completo derribo.

En su lugar, se sitúa un escueto parque infantil y una pila bautismal, el único recuerdo que enlaza con la historia de un templo religioso que se construyó penosamente a lo largo del siglo XVIII, en sucesivas etapas y en función de los caudales que se podían invertir en su terminación.

Paridera del Majano mimetizada entre fondos rojos
Campos atestados de Diplotaxis erucoides, rabanizas, planta arvense otoñal

De Corbatón salimos hacia Alpeñés por un sendero difuso que conducía a Torrelosnegros. Paradójicamente, nos encontramos en una zona tan humanizada como vaciada. Sus paisajes hablan con claridad meridiana de la acción secular de las gentes y animales que habitaron estas tierras.

Comitiva hacia Alpeñés

Nada de lo que vemos ha sido ajeno a la voracidad del diente de la cabaña ganadera y a las necesidades de rotación de cultivos de los que de la tierra hicieron su único medio de vida.

Campos estructurados de Alpeñés

Rojísimas tierras se mezclan con afloramientos de calizas jurásicas en las inmediaciones de la paridera del Majano, topónimo que alude a las acumulaciones ordenadas de piedras que se extraen de los campos de labor adyacentes y que tienen diversas funciones, entre ellas, servir de refugio a las gentes del campo o de linde de términos o propiedades.

Antiguos campos de labor, que no han sido roturados por la insaciable concentración parcelaria, exhiben su infecundidad y plasticidad medida al tiempo que crecen sin demasiada oposición hordas de aromáticas, pequeños pies de enebros de la miera, precursores guillomos y alguna que otra encina y roble melojo, el biotopo arquetípico de estas frías tierras de interior.

Juniperus oxycedrus

En cambio, en el descenso hacia Alpeñés se observan extensos campos roturados, recién preparados para la siembra del cereal, surcados por innumerables venas de agua de las recientes lluvias, que reclaman tozudamente sus remotas vías de desagüe hacia el río Pancrudo y, de paso, malogran el trabajo inicial del agricultor.

Hacia Torrelosnegros

Los más veteranos del grupo, algunos agricultores jubilados, se quejaban de que la concentración había eliminado por completo la eficacia de las terrazas agrícolas, cimentadas en poderosos muros de piedra seca y en la sabiduría de unas gentes que sabían por puro empirismo y supervivencia cómo amansar la energía del agua.

Surcos de agua en las grandes extensiones de tierra

Con la vista puesta en Alpeñés, el pueblo más septentrional de la Comunidad de Teruel, nos topamos con un sorprendente afloramiento de arcillas del Keuper. En estos antiguos terrenos cenagosos presentes en ambientes litorales del Triásico Superior surge con profusión un bello mineral, conocido popularmente como Jacinto de Compostela.

Cuarzos del Keuper

Son cuarzos hexagonales de reflejos vítreos de una belleza casi siempre imperfecta, con maclas que encallecen su figura prismática. Curiosamente, la partida donde se asienta este afloramiento se conoce con el nombre de “El Salobre”.

Cabeceros y río Pancrudo

Una vez en los dominios del Pancrudo, somos muy conscientes de que acumularemos mucho barro en las suelas. El freático está tan saturado que incluso brotan regatos de pequeños ojos manantiales que aparecen sin orden aparente en campos anegados de cereal.

Los lugareños hablan con una gran sonrisa de que en esas fechas se habían superado los 700 l/m2, cuando el año precedente apenas se rebasó la barrera de los 300. Los registros pluviométricos de la zona promedian los 450 l/m2, así que la alegría está más que justificada.

Un año de lluvias extraordinario, donde la recarga de acuíferos, la recuperación del resuello en el campo y el resurgimiento de fuentes han sido capaces de compensar con dulzura las hostilidades impuestas por una sequía que preocupaba.

Paraje de la Covachuela con un Pancrudo de doble brazo

El Pancrudo, que aquí también se conoce como el Pancrudo del Collado y que nace unos pocos kilómetros más arriba en la partida del Cazinarro, baja con un ímpetu inhabitual. Los que por aquí viven o han vivido siempre lo han conocido en este punto como “poco más que un hilo de agua”.

Desarrollo del Pancrudo entre campos colmados de agua

Nos detenemos por puro sentido común en un meandrillo, con la vista puesta en el aprisco de la Covachuela. El envalentonado Pancrudo nos impide continuar y decidimos almorzar en un bello paraje excavado por el naciente río y acompañados por la siempre noble presencia de unos chopos cabeceros.

Campos de Alpeñés
Hilera de cabeceros en el tramo final de la rambla de Corbatón

Aguas abajo de donde nos encontramos, se yergue de nueva planta la Ermita de la Virgen de la Langosta, portadora de un curioso topónimo que hace referencia a un poblado medieval desaparecido presumiblemente a finales del XIV, Langosto o el Angosto, que se convirtió en plena Edad Media en un centro de peregrinación de hasta veintiséis núcleos de población y cuya romería aún hoy perdura.

La vuelta la completamos siguiendo el curso aguas arriba del Pancrudo hasta desembocar en el antiguo camino de Alpeñés a Corbatón, que coincide con el cauce pedregoso de la rambla de Corbatón y con la presencia de una hilada poderosa de chopos cabeceros.

Capricho de fuente pública en Corbatón rematada en capilla (siglo XVIII)

Superada la hoz de calizas jurásicas, llegamos de nuevo a Corbatón. Todos se marchan, excepto nosotros. Todavía nos queda conocer un árbol especial, secundado por un bosque bien conservado de Quercus pyrenaica.

Sotos otoñales
Balsas rebosantes

Transitaremos en primer término por el camino de las Alforjas hasta llegar a la paridera del Pasico, perfectamente mantenida y en uso.

Fuente y abrevadero en el camino de las Alforjas

Desde este colladito, la gran figura de la carrasca de Corbatón sobresale con vigor entre tonalidades ocres.

Quercus pyrenaica
Oruga de la mariposa Macrothylacia rubi

Este maravilloso ejemplar de Quercus ilex muestra su anatomía de candelabro, tan prototípica de estos árboles veteranos.

La gran carrasca de Corbatón

Su salud parece buena y su edad debe ser varias veces centenaria. Bajo la protección de su amplia copa, nos acordamos de otras resistentes, las carrascas monumentales de Bea y la carrasca de la Virgen de Paniza.

Frondosos melojares

Poder disfrutar de estos árboles nos enfrenta a una paradoja: al intransigente paso del tiempo y la aparente inmutabilidad de estos ancianos.

Nos sentimos abrumados por la fuerza de sus raíces, por su terquedad estática, por su figura venerable.

Xanthoria parietina sobre la corteza

Por eso duele su pérdida, incluso imaginaria, porque desaparece un símbolo de perennidad, aunque la conciencia dicte que nada es perdurable. Al final somos tan simples e intrascendentes…

El camino hacia Corbatón lo cerramos por el camino que lo unía a Rillo.

Desde la distancia, la apariencia de esta aldea donde debieron abundar los cuervos, de ahí su probable origen toponímico, apenas difiere de la que tenía a mediados del siglo XX y me atrevería a decir que tampoco ha variado tanto con respecto de la que pudo exhibir en la Edad Media.

Melojar en el camino de Rillo
Corbatón desde los campos que miran al sur

Quizá este sea el pecado de Corbatón, ser aún una aldea de planta medieval, con palomares, colmenares y fuentes cuyo origen entronca con el propio germen de la supervivencia.

Es el pecado de Corbatón y de tantos otros pueblos olvidados por un modelo etnocentrista y excluyente, que hacina a los hombres en ciudades deformes, olvida la riqueza secular de estas tierras y perpetúa la desigualdad de unos ciudadanos invisibles.

Palomar en lo alto
Fila de cabeceros a la entrada de Corbatón

Termina aquí un recorrido totalmente desvinculado de los itinerarios oficiales y de los perfectos caminos balizados de otras comarcas.

Son caminos por los márgenes de los márgenes del senderismo, planteados por el puro placer de la contemplación y de la interpretación del paisaje. Porque donde hubo un camino, por perdido y oculto que esté, hubo una motivación, un objeto y un destino.

Ruta completada:

Alto Pancrudo y monte de Cañacarrascal desde Corbatón

Fuente consultada:

De Jaime Lorén, Chabier (2018). Cristales en el ribazo. Página web del Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra.

Anuncios

4 comentarios sobre “De Corbatón a Alpeñés, por las tierras altas del Pancrudo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s